Nos despertamos cada mañana oyendo hablar de economía en la radio. Y casi siempre para mal. La crisis. Todos tratamos de sobrevivir. Nos agarramos al trabajo, nos guste o no. Sabemos que ingresar algo a final de mes, por poco que sea, es mejor que nada.
Pero mientras que las crisis vienen y van, hay cosas que nos alegran la vida, como el ROCK, que siguen ahí. No entiende de crisis —aunque también le afecta—. A pesar de que las condiciones de la industria musical cambien, aunque tocar en un garito cada vez es más complicado, se sigue haciendo. Cada semana. Y así será siempre. Y así fue ayer.
No he escrito ROCK con mayúsculas aleatoriamente. Lo que se vio ayer en La Boite fue rock del bueno, del de toda la vida, del que tiene raíz, sentimiento y sentido. Rock creíble, que no es poco. Rock rabioso. Ayer se sucedieron sobre un escenario madrileño dos grandes bandas: la casi recién nacida Whiskey Viejo y los ya rodados 69 Revoluciones.
Whiskey Viejo es una banda joven pero integrada por veteranos en esto de la música y del rock. Un grupo de amigos que, independientemente de lo que les llene la cuenta corriente y sea su trabajo diario, tienen un proyecto conjunto, divertido, vital; un proyecto sin presiones de mercado. Y eso se ve en el escenario. Se ve en cada una de esas canciones que han exprimido después de tantos años mamando del rock setentero. Voces desgarradas, riffs contundentes y una química brutal entre sus miembros. Lo mismo te ametrallan con un rock canalla, de motel de carretera estadounidense, que se marcan un blues sentido e intenso. Lo mismo crees que estás en el siglo XXI o en el Tennessee de los 70.
Dejaron el escenario temblando. Y con ese runrún aún no apagado, tomaron el relevo 69 Revoluciones. Fin de gira de su tercer disco —llamado socarronamente “Nº4”—. A pesar de que en esta ocasión no contaban con teclista, volvieron a demostrar que la ausencia de un arreglo de teclado se puede suplir con la propia calidad de la canción. De hecho, les hizo sonar más eléctricos, más contundentes.
Repasaron las principales canciones de los dos últimos discos, sin escatimar en detalles como la mandolina o el pedal steel que sacó Santi en Malditos y La chica del jefe, respectivamente; tocaron solo una del primero —empiezan a tener un repertorio bien extenso—, pero se mantuvieron fieles a la tradición de acabar el concierto versionando Rockin’ in the free world.
Es un placer —y un alivio— saber que, pase lo que pase, vaya como vaya la semana, si te asomas al jueves, al viernes, al fin de semana, tienes un concierto de buena música esperándote en alguna de las salas de esta ciudad. Aún quedan motivos para la esperanza.
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